"El amor a los libros puede ser más fuerte que el gusto por una vida que se viera privada de ellos"
Claude Roy, El amante de las librerías

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martes, 25 de noviembre de 2014

Agua


No puedo escribir mientras escucho música. ¿Será esa la causa por la que llevo un año sin parar por aquí? ¿O será porque la última vez las hojas de los árboles estaban caídas, me olvidé de todo, y ahora que vuelvo a verlas cuando salgo a la calle me llegan los recuerdos? Hace demasiado calor para estar pensativa, pero sí es cierto que os he echado de menos, como a ese otoño callado que ha llegado sin que me de cuenta, de improviso, precediendo al invierno al que intento engañar viajando a ver el mar y riéndome mientras el sol calienta mi espalda.
Siempre el mar detrás de todo, detrás de mi poesía, siempre detrás del amor.

De cualquier forma la música se ha hecho un hueco en mis horas, que van pasando despacio pero sin que pueda detenerlas. Ojalá pudiéramos parar el tiempo en el momento exacto en el que somos muy felices, o en ese en el que estamos especialmente melancólicos pero con una sensación tan plena que nos quedaríamos así para siempre, como cuando te da la lluvia suave en la cara o te salpica la espuma de una ola. Es una sensación tan dulce que quizá  mataría por intentar que no se fuera o, quizá, disfrutaría dejándola ir pensando en el momento en el que volveré a encontrar un instante de éxtasis similar. Porque el paso del tiempo es inexorable ¡qué lugar común! pero tan cierto: solo podemos dejarnos llevar y mirar el presente que está al lado sin malgastar el tiempo pensando en el futuro, que aún no existe y es cambiante, determinado por mis actos de esta tarde de tal forma que lo que pienso hoy que ocurrirá, puede mutar mañana.
Así que me dejo llevar por el tiempo, en un baile que no deja la misma sensación que bailar con un hombre, con un amante, con un amigo, pero se asemeja. Cuando bailo me dejo llevar por el otro y por la música, y me olvido. De mí misma. De todo. De lo que va a pasar cuando suene el último acorde de la canción. De lo que ocurrirá mañana. Solo sentir.
El futuro aún no existe, me digo, déjate llevar, recuérdalo siempre.

Como con la gente que se va y no vuelves a ver, o sí, que sigue con sus vidas igual que tú sigues con la tuya, en otro escenario de los muchos que conforman el mundo. Con otros actores. Pero siempre con el tiempo como elemento común, esa cuarta dimensión que nos mantiene como elementos de un atrezo continuo que es esférico y está entreverado por el océano y por ríos de agua que comunican todo, que permiten que te encuentres de nuevo. Y por cables de fibra óptica que no permiten el olvido. Porque nunca seremos extraños, siempre existirá lo que hemos vivido grabado en el tiempo. El amor de hermanos, de amigos, de amantes, que no se desvanece, que perdura. Que nos da felicidad aunque solo sea un recuerdo.

Mi mente cambia como el agua. Serán ríos de sentimientos, me digo a mí misma mientras escucho otra canción.






domingo, 16 de junio de 2013

Máquinas de escribir, un enigma resuelto

Siempre he pensado que saber escribir a máquina es una ventaja. No tener que mirar el teclado, algo que yo hago a menudo, es un punto a tener en cuenta cuando tienes que pasar a limpio veinte folios manuscritos. Y el martes pasado volví a recordar, de nuevo, que nunca llegué a aprender bien.
Todo porque yo estaba pulsando teclas a toda máquina mirando alternativamente al teclado del ordenador y a unos cuantos folios doblados por la mitad, escritos a lápiz, lo que me estaba provocando un dolor terrible en el cuello, cuando escuché la musiquilla del Planeta imaginario, esa de un programa de televisión que me encantaba cuando era muy pequeñita. Tardé en caer en que ese es el tono que llevo en el móvil. Es decir, que estaba sonando el teléfono y no me había dado ni cuenta.
Cuando colgué el auricular, mejor dicho, cuando apreté al botón de finalizar llamada, cerré lentamente el procesador de textos tras guardar lo escrito, y abrí el navegador. Me sentía bien.

Me habían hecho una pregunta, me habían encomendado una tarea interesante: encontrar un dato para la novela de un amigo, él que sabe que he trabajado como documentalista. Yo estaba tan emocionada de que alguien me pidiera ayuda, que dejé todo lo que estaba haciendo en ese momento para empezar la búsqueda. Pero he de deciros que me duró poco la impresión. Siempre, siempre, siempre, por rutina, por si acaso, por si cuela, empiezo a buscar en Google y, esta vez, enseguida encontré la respuesta. Este chico, pensé, qué poco se lo curra...

La cuestión es que a alguien le habían preguntado lo mismo, y ya tenía la solución. Un maravilloso bibliotecario movió sus hilos para saber cuál era la máquina de escribir que utilizó Virginia Woolf. Claro, queda mucho mejor poner a la Woolf escribiendo en una Portable Underwood, o en la Remington que utilizaba su marido, que en una simple máquina de escribir.
Pero lo cierto es que todos somos curiosos por naturaleza. Queremos conocer, saber qué ocultan las preguntas, aquellas que se lanzan por escrito, en la red  o por el aire, aquellas que capturas con tu mano a vuela pluma persiguiendo saciar la curiosidad del prójimo. En mayor o menor grado intentamos indagar cuando nos encontramos ante un enigma. Y a eso nos dedicamos los bibliotecarios, a ayudar a la gente.

Porque además, se puede provocar la curiosidad ajena mostrándole a otros lo que uno descubre, convirtiendo así mi respuesta en un enigma dentro de su cabeza, que ávidos seguirán leyendo para saciar su curiosidad.
Porque la cosa no quedó aquí, claro. Yo ya estaba dispuesta a enviarle toda clase de documentación, por pundonor profesional, al menos. Así que indagué, e indagué, y encontré muchas cositas sobre los escritores y sus antiguas máquinas de escribir.

Por ejemplo, esta página, The classic Typewriter page, un lugar donde disfrutar explorando entre todo lo que se puede aprender sobre máquinas de escribir. En concreto, hay una página entera dedicada a las máquinas de escribir que utilizaron personajes y escritores famosos como Salinger, que arrastró con él por toda Europa su pequeña máquina de escribir portátil. Sus compañeros del frente lo recordaban aporreando el teclado bajo una mesa mientras los estaban atacando, no lejos del frente. Quería ser un buen escritor, y se pasaba el día escribiendo.
O el Museo virtual de las maquinas de escribir, The Type Writer Online Museum, que permite indagar en la historia y creación de estos objetos que el ordenador parece haber desterrado.

Una consulta, sí, y un camino lleno de enigmas por responder. Y una curiosidad nacida del hecho de encontrar, por casualidad googleana, la solución.
Hoy yo me quedo con la Hermes 3000 de Sam Shepard, ¿cuál elegirías tú?


viernes, 7 de junio de 2013

Recordar

Escribir sobre jardines. Escribir sobre jardines mientras te paseas por uno de ellos. Escribir sobre tu vida mientras te sientas en un banco del parque.
Recordar. Recordar cuando te sentabas en las escaleras del portal con tu hermana, y mirabais hacia fuera en el verano. Las paredes de mármol daban un frescor especial, como el del agua del verano que salía de la garrafa que mi padre metía, atada con un cordel, en el pozo. Frescor innato, no del que producen los frigoríficos, sino el del sabor de la sandía que veíamos atemperar en el río, en agosto, cuando sales a merendar y metes los pies en el agua fría que baja de Gredos. Sentadas en la escalera, sí, con el abanico cerrado a nuestro lado. 
Mirábamos pasar a los viandantes que paseaban por la ciudad. Casi podíamos oler las gotas de sudor que bajaban por su espalda, ocultas por las camisetas llenas de manchas oscuras en las axilas, en la espalda, justo debajo del cuello, formando un mapa como el que las nubes componen en los cielos de tormenta.

Pero no veíamos el cielo desde allí, solo la casa vieja de enfrente, cada vez más baja según iban añadiendo capas de asfalto, año tras año. Y veíamos a la gente, cada vez más ajada, cada vez más blanca, mientras nosotras contemplábamos la vida pasar sentadas en nuestra urna, tan fresca. 
Y un día un juego: a ver quién gana, yo cuento a los que van a la derecha, tú los que van a la izquierda. Día tras día apuntábamos en una libreta, esta mañana han pasado ciento veinte hacia la derecha, pues yo he contado cien hacia la izquierda, sí, pero no valen que han pasado tres veces porque son los vecinos y sabemos cuáles son sus caras, sí que valen porque a lo mejor no los conocemos y han pasado también y no nos hemos dado cuenta. Y una cuenta de números que son personas que van a comprar, a pasear, a sentarse, durante muchos veranos, y que son palitos en una libreta que cada vez está más rota y que cada vez nos importa menos. Hasta que un año ya no te sientas en las escaleras y te olvidas de que existió una vez una lista y prosigues tu camino, fuera del portal, dejando que la vida te coma a trozos, a veces, mientras otras veces le arrancas tú pedazos con los dientes. Y pasan las gentes esta vez a tu lado, sin mirarte, y ya no hay izquierda o derecha, sino ir hacia delante, o volver sobre tus pasos. Y un buen día te sientas en el banco del parque a escribir sobre jardines, como ayer, y de repente escuchas unas voces, escuchas a dos niñas sentadas en un banco, al sol, que van contando las personas que pasan hacia la derecha y hacia la izquierda. Y recuerdas cómo tú contabas personas, cómo les ponías vidas postizas que hubieras querido escribir con detalle, pero no hubieras podido porque sus vidas duraban solo el segundo en que pasaban por el cristal de la puerta, cada vez más rápidas, cada vez más esquivas. Y recuerdas que saliste a la calle para seguirlas.
Y te das cuenta de que todo se repite, que aunque tú envejezcas la vida siempre busca otro camino para seguir adelante. O para caminar en círculos, quién sabe.

jueves, 4 de abril de 2013

París y el olvido

Olvidar, desperezarse en una mente en blanco: qué gran placer el de no pensar en nada. Conseguir sacar de nuestra cabeza todos los pensamientos amargos, difusos, concretos. Porque el olvido es un delicioso concepto que nos hace la vida más agradable, más fácil de vivir. A veces olvidamos sin querer, otras veces lo hacemos a conciencia, sin disimulo. Unas pocas palabras que nos hieren, un amor no correspondido,un desaire no esperado...todo vale para seguir adelante.

Eugen Bracht
 La orilla del olvido
El olvido como mecanismo de defensa: suelo pensar mucho en ello. Pero esta defensa, sin embargo, también puede convertirse en un camino de descubrimiento. Piensa en todo aquello que pasó, que pertenece a otro tiempo; piensa en las modas que son tan cambiantes, atraídas por edificios diferentes, indumentarias extrañas, nuevas culturas o modos de ver la vida. Porque todo se olvida, sobre todo cuando llegan nuevas generaciones que potencian lo menos manido, para marcar su propia diferencia entre millones de individuos. Su olvido se convierte en mi olvido, cambiando lo que preocupa a mi mente, lo que me afecta en mi vida diaria, por los olvidos colectivos, entrando así en una espiral de conocimientos que convierten estos en mis nuevos recuerdos.

De ahí que, a veces, redescubrir lo olvidado por otros se convierta en un pasatiempo divertido, que entra dentro de la esfera de la modernidad. Tenemos que estar preparados para lo que vaya a venir, sí, para aquello que la sociedad ha olvidado y que otras personas se encargan de sacar a la luz.

Y todo esto porque hace unas semanas encontré este mapa interactivo que enseña museos olvidados de París. Tendré que probarlo cuando vuelva por allí .

http://www.mylittleparis.com/operation/carte-musees-oublies-paris/index.html




jueves, 24 de enero de 2013

La vida como una línea: En el camino (On the road)

Estamos ya en enero, el mes en el que comienza el año. Pero solo en apariencia, ya que la primavera es el estallido real de la vida: cuando se repliega la naturaleza es cuando termina un ciclo y, por lo menos donde yo vivo, el frío todavía nos domina. Estos son periodos naturales que se renuevan inexorablemente, y el hombre, inmerso en su rutina, vive su vida como una línea incesante, como si parar el tiempo no fuera posible...cuando realmente sí lo es: cada vez que se escribe una historia, se paraliza el tiempo.

Porque los textos escritos también son cíclicos cada vez que se releen. Pensemos en esas obras de cabecera a las que un lector siempre vuelve a lo largo de su vida. Podríamos contarla en periodos más o menos ordenados, separados entre ellos por la relectura de esa novela, ese cuento, ese poema magistral que nos marca cada vez que asoma por nuestro cerebro. Es como un renacer periódico a la vida.
Pero quizá tendríamos que separar el fondo de la forma, el contenido del soporte. Porque los textos pueden ser lineales y finitos en la forma, al menos para el escritor, como el rollo manuscrito en el que Kerouac escribió su famoso En el camino (On the road), en tan solo tres semanas. Así evitó tener que cambiar el papel al final de cada página e interrumpir su proceso creativo, utilizando un soporte de papel continuo de 36.50 metros de largo para escribir 125.000 palabras. 
Pero han pasado más de 60 años desde entonces, y ahora los libros pueden ser infinitos si utilizamos hiperenlaces para nutrir sus páginas en los nuevos soportes electrónicos. El escritor puede romper las líneas y crear un libro en árbol imposible de acabar, y por tanto, imposible de releer en su conjunto. Romperíamos así con ese ciclo. ¿Nos odiaría el lector?

Esto le interesa a más gente de lo que podría parecer a simple vista: la prueba es que en el año 2007 se hizo una edición de ese rollo, que simula el de los antiguos escribas cuando aún se utilizaba el papiro, para que el lector pueda volver a disfrutar sin interrupciones de esa lectura lineal incesante durante el equivalente a 370 páginas de los códices-libros de papel actuales. Y que se pueda sentir igual que Jack Kerouac ante un camino que se abre ante él, como una línea que es la vida. 
En rarelibrary.com tenéis acceso a este y otros muchos libros especiales. 

En Penguin, volviendo a la modernidad, se han preocupado de hacer una edición digital ampliada, una App para los appleadictos, a un precio mucho más asequible. 



Ahora que tenemos la película reciente, que no ha tenido muy buenas críticas, por cierto, es el momento de volver a los libros, a poder comprar ediciones raras. O a disfrutar del libro electrónico que va más allá del texto, algo que siempre consuela ante las malas adaptaciones literarias al cine. Pero de eso creo que hablaremos en otro momento. Os dejo con el trailer de la película, por si alguien se anima a verla.





miércoles, 18 de abril de 2012

Mis Poemas (IX)




Una mañana amanece y no estás.
Y descubro que las palabras que ayer me dijiste, a mi oído,
se han perdido en el tango que bailabas antes de entrar a mi casa.
Y el tiempo se detiene en una figura discreta,
de malevaje caliente y de un Sur distante.
Y luego se detiene en uno de tus besos, en mi mejilla.

Todo esto ocurre, si no pienso en más que si eso ocurriera.

Todo es una piel de tigre que conforma el mapa de tu cara
de tu sexo
de tu cuerpo acariciándome cada tarde.
Porque una tarde vuelves a casa y te espero,
sentada en el borde de la cama, en silencio
solo buscando tu cara mientras me miras.

Todo esto ocurre, si no pienso en más que si eso no ocurriera.

Y esta tarde despierto dentro de ti,
envuelta en la alfombra que es tu pecho que me conforta,
y descubro que me miras con amor. Todo estará bien.
Mientras, hacen ruido los vecinos, y tratas de escapar por la puerta
que siempre estará abierta cuando quieras entrar.

Y siento que quiero escribir para ti, aunque no te conozca,
porque mi voz fluye cuando te escucho
y me descubres parte de tu mundo.

Un tango después paseamos por la playa, tomamos una cerveza
y coges mi mano.

Todo esto ocurre, cuando estás cerca de mí.


miércoles, 4 de abril de 2012

Hombres y animales: los sonidos de la naturaleza

Animales, somos animales, pero no nos comportamos como tal ¿qué nos diferencia de ellos? Pues en la escuela nos decían que la capacidad de razonar, el pensamiento, que solamente es humano. Pero ya no lo tengo tan claro, porque somos animales y, al final, nos mezclamos con ellos en el entorno en el que vivimos. Y ese "medio-ambiente" siempre estará ahí aunque construyamos ciudades y dejemos que nos engullan y nos conviertan en preciosas flores de asfalto. Me resulta curioso que algunos ejemplares de humanos se comporten como si nunca hubieran pasado por esa escuela, que tan bien define esa diferencia.

Porque yo suelo hablar del paisaje como algo estático, sin darme cuenta de que está lleno de vida. Y de que el hombre ha ido forjando relaciones complejas con el mundo animal a lo largo de la historia. Y de que esto sigue siendo motivo de reflexión.
Jim Dine Blind Owl (2000)
El arte, por ejemplo, sería completamente distinto sin esa atracción  por la naturaleza que está alrededor del artista: la cotidiana y la exótica; la similar a sus vivencias, y la que le muestra lo desconocido, la aventura. Animal al fin y al cabo, el artista se siente atraído por esas diferencias y por esas semejanzas. Y en la Exposición In the Company of Animals: Art, Literature, and Music at the Morgan Library & Museum, que se puede visitar hasta el 20 de mayo, se explora cómo los animales han servido de inspiración a artistas, escritores y compositores a lo largo de la historia. Pintura, libros, música, son obras humanas, claro, pero basadas en esas relaciones tan distintas que se establecen entre el escritor y su obra. Podremos ver en Nueva York trabajos de Audubon, William Blake, Albrecht Dürer, T. S. Eliot, David Hockney, George Orwell, Prokofiev, Rubens,Virginia Woolf...

Pero no es necesario irse tan lejos para tomar conciencia de la curiosidad que sigue provocándonos ese mundo animal, de cómo la observación de esos objetos creados por el hombre nos acerca a los animales, muchas veces despojándolos de sus propias características para dotarles de vida humana. Como en la Exposición virtual Animalario. Visiones humanas sobre mundos animales en la que, para mostrar esa visión, se muestran objetos que sirven de intermediarios entre ese mundo animal y el humano. Porque "más allá de los contactos que se producen con los animales domesticados o con los animales salvajes, y que casi siempre aparecen marcados por su carácter utilitario, el ser humano ha "creado" muchos mundos en los que habitan animales sin existencia física. No se trata sólo de los consabidos animales fabulosos o monstruosos...sino de la creación de una caracterización moral de muchos otros animales, éstos sí reales, a partir de la suma de valores más humanos que animales...se aleja a los animales de su propia realidad y se les humaniza adjudicándoles valores de la propia cultura y llegándose, por tanto, a creaciones absolutamente irreales..."

Y aquí estamos, viendo a diario a  hombres comportándose como animales, y a otros hombres encargándose de humanizarlos, adjudicándoles esas capacidades de amar, de pensar, de vivir con plena conciencia.

Y toda esta reflexión tan básica solo porque ayer, por la noche, buscaba imágenes en Internet sobre animales. Y a las doce en punto encontré algo que no suelo tener tanto en cuenta: los sonidos de la naturaleza.
Y me pregunté ¿a qué suena el campo?, ¿a qué suena el mar? Porque cuando viajo, cuando salgo de la ciudad a respirar algo que no sea humo, solo noto su ausencia cuando cierro los ojos, lo visual que llena mi cabeza desaparece, y solo me queda el sonido. El sonido de los animales. Os dejo con la British Library y su archivo sonoro de sonidos de la naturaleza para que lo comprobéis vosotros mismos. Hoy voy a dormir con el canto de los pájaros de la costa, al lado del mar...







jueves, 16 de febrero de 2012

Mis relatos (II): Esos objetos que se nos van de la mente




"Perdona el desorden" me dice, como si pudiera abstraerme de la porquería que se acumula en las esquinas. Me fijé en el bar en que su pelo estaba un poco sucio, pero pensé que era gomina del día anterior. Por lo demás la chica era delgada, y aparente, más o menos.

Me enseña una silla tapada con periódicos y me pide que me ponga cómodo. Algo cruje al sentarme, y un olor a rancio me llega hasta la nariz. Saco bajo mi culo una bolsa de pan vacía que se me pega en las manos al cogerla. Las limpio en el periódico, pero no me levanto. Estoy demasiado cansado. Llevo muchas horas de pie para ligarme a alguien. Ella se apoya en la pared, en cuclillas, y coge algo del suelo, algo que está escondido detrás de una sombra. Brilla. La oigo decir "en mi casa tenía una bola de cristal, de esas con agua dentro que al ponerla cabeza abajo se llenaba de nieve, como si nevara de verdad".

Vaya comedura de tarro, pienso, esta se evade de la realidad, como si viviera en la esfera de cristal que tiene en la mano. No, creo que no es consciente de la podredumbre a su alrededor. 

Miro las paredes llenas de grafitis y se oyen las ratas. Siento que me rozan las piernas. No es extraño, está oscuro y solo nos alumbra la luz de emergencia, fuera del local. El cristal del escaparate está roto, la luz hace un quiebro en la pared a través de la reja. Se nota que abandonaron la galería comercial hace tiempo, una galería más entre las que salieron como champiñones en los bajos de los edificios en los años ochenta. Casi todas fracasaron. Ahora sirve como refugio para personas desamparadas, sin hogar, nuevos pobres. Abandonados. Ella está a mi lado, no la he visto venir.

Se me sienta en las piernas mientras me cuenta cosas de su infancia. De cómo acabó en la calle, rebeldía adolescente. Que echa de menos a sus padres. La típica historia que lees en los periódicos. La butaca cruje más cuando apoya sus nalgas. "La nieve se ha pegado" me dice mientras vuelca la bola y la golpea suavemente contra el respaldo. Sus brazos rodean mi cuello, y me susurra "a mi bola de nieve se le sale una gota de agua cada año, por Navidad. Solo una. El 24 comienza a formarse la gota, y el 25 escurre al fin por el borde. Y durante los 363 días restantes, la nieve se pega abajo sin que haya manera de hacer que nieve ahí dentro".

Descansa en el suelo la bola, pegado el cristal a la ciudad con nieve. Veo la luz que atraviesa ese cristal y hago un cálculo. Si pudiera medir el agua que hay dentro, sabría con seguridad cuándo se quedará vacía, sin una gota. ¿Habrá 60 gotas? ¿Serán sesenta años? "Es imposible que vuelva a nevar ahí dentro", repite.

En mi casa hay varios objetos con forma redonda, la bola que me regalaron con un chubasquero en su interior, vacía porque el plástico ya no entra por más que lo dobles de mil formas distintas. Y está el globo del mundo, con un recorte de periódico de cada sitio que he visitado. Y los exprimidores para las naranjas. Son dos, como sus senos, tan cerca. Dos esferas imperfectas. Los beso. La beso.

Es sábado por la noche. Hace frío fuera, solo fuera.


(c)Rhut López Zazo  

jueves, 2 de febrero de 2012

En defensa de las bibliotecas públicas: llámame sacrílega

Cuando yo era niña descubrí la biblioteca municipal, leía comics y otros libros sentada con mi hermana en un banco del parque. Era una biblioteca minúscula que terminaron cerrando, pero ya era tarde para mí, necesitaba más. Y busqué la biblioteca pública, y entré y me hice mi carnet, y me leía dos libros cada día que devolvía religiosamente al siguiente día para coger otros dos. Este es el origen de mi amor incondicional por las bibliotecas y por lo que representan: yo no sería como soy sin ellas.

Escribo esto y pienso que a quién le puede importar, sino a mí misma, que yo ame las bibliotecas. Y me contesto a mí misma, como tantas otras veces, que a mucha gente, sobre todo a aquellos que van a ir a abrazar la Biblioteca Nacional, para intentar que paren los recortes que atenazan y ahogan a esas aldeas irreductibles llenas de pequeños "galo-bibliotecarios", que luchan por conservar algo que no se puede valorar en términos económicos.

Hace unos días leía en Facebook a Juan Soto Ivars que era una idea algo cursi (que lo es) y que sería mejor quemar libros aunque fuera simbólicamente (algo que parece que también tiene sus adeptos). El que lo propone, precisamente, es un escritor, y me ha dicho que me presta libros suyos para quemar simbólicamente si hace falta.Me gusta mucho lo de quemar libros, pero ya que estamos que sean de verdad, preparemos un buen expurgo y quememos el Libro de horas de Isabel la Católica con la Biblia políglota (adelante, llámame sacrílega). Solo de pensarlo me mareo del susto, pero la cuestión es que se actúe para mostrar que las bibliotecas están ahí, y que son necesarias. Bueno, tampoco exageremos, pero parece que llamar la atención en esta sociedad en la que solo cuenta lo que está de moda, parece la única forma de lograrlo. O tomar la iniciativa como en esta idea, The little free library, que os invito a conocer.

La cuestión es que yo no habría podido tener todos los libros que he leído a lo largo de mi vida porque no todo se puede comprar. En la biblioteca nos esperan libros que ya han desaparecido, que son la memoria viva de que alguien alguna vez pensó, soñó con algo destinado a los demás, más que a sí mismo. Porque hay autores que venden poco, y eso no significa que su obra no sea excelente, y hay otros que venden pero sus adeptos con el tiempo los abandonan por otros, su memoria se desvanece, y sus libros acaban perdidos. Solo conservamos los que se depositaron en la biblioteca, esos que también dan unos beneficios a los editores, no solo porque se compran muchos ejemplares, sino porque forman a los lectores, les ayuda a descubrir que hay algo más que las imágenes. El cine, las series, todos los  productos de la cultura audiovisual son una excelente vía de comunicación, pero la lectura es algo más. Y la persona que va a la biblioteca y coge un libro, descubre que lo que le cuentan esos personajes le lleva a otro mundo distinto. Y se engancha y desea leer más libros similares, y se va  la librería y compra esos libros que formarán su propia biblioteca personal. Esas bibliotecas que dicen tanto del que las tiene.

Me considero lectora por encima de todo, porque es el germen de la escritura, porque me ayuda a sobrellevar lo cotidiano, porque es parte de mí. La escritura es ese sueño que tienes y que se queda en quimera, como el que alguien pueda quemar una joya bibliográfca como si de un bombero de Fahrenheit 451 se tratara.

No nos quedemos en la anécdota, defendamos nuestras bibliotecas.



sábado, 21 de enero de 2012

Mis relatos (I)

Cojo el bote de mermelada y lo estrello contra la pared. “¿Has visto lo que has hecho?” me dice Mayka mientras se levanta. Le oigo exclamar que uno de los cristales rotos le ha rozado el brazo. Mientras, me doy cuenta de que el periódico sigue abierto en la mesa de la cocina, donde lo he dejado después de leerlo. Aprovecho y vuelvo a mirar el anuncio. Recuerdo que el texto se había emborronado a causa de la tinta fresca, y mis dedos mojados hacen ahora el resto, no se distingue la dirección.
“¿Qué pasa contigo?” me dice Mayka, y tira la servilleta manchada con dos gotas de sangre sobre la mesa. Parece un mapa con dos ciudades señaladas en rojo. Yo le respondo que ni siquiera le ha rozado, pero ella no está de acuerdo. “Sí lo ha hecho”, me dice, “no te entiendo”. Intento no mirarla, me dice que tendré que recogerlo todo yo. Ahora sí que miro su espalda, cuando sale de la cocina con los brazos cruzados sobre el pecho.


Oigo la lluvia fuera, y también la puerta de casa cerrarse. Me levanto al rato y cojo la bayeta, no me apetece limpiar. La encimera está desordenada, con los restos de la cena del día anterior. Me tocaba a mí recoger pero me quedé viendo el fútbol, y luego la porno del sábado a ver si me animaba. Mayka quería intentarlo, ayer, pero cada vez me cuesta más. No puedo estar a punto en cualquier momento.
Recojo los cristales, me corto con uno. Miro la sangre que recorre mi primera falange y forma una gota perfecta al llegar a la segunda. Y cae al suelo dibujando un círculo ovalado. Miro el cristal manchado de sangre mezclándose con la mermelada. Observo que tienen el mismo color. Después leo las palabras que quedan en la etiqueta pegada al cristal. Un nombre de ciudad, ya lo he leído antes, esta mañana. Tiro el cristal con fuerza a la basura, resuena el golpe en mis oídos resaltando las letras de esa ciudad que veo en mi mente en color rojo. Hasta en la mermelada sale.

Camino ahora hacia el descansillo. Recorro en tres pasos la distancia que me separa de la entrada y miro el recibidor. Ha quedado un hueco donde estaba el abrigo de Mayka, la percha vacía proyecta su sombra como la cabeza de un cóndor americano. Recorro con el dedo las rugosidades del gotelé siguiendo su contorno, que cae a pico sobre el paraguas. Lo cojo y voy hacia el salón. Y salgo a la terraza.

Mi madre decía que el agua da la vida. Yo solo veo un cielo cada vez más gris, y un trueno que lo atraviesa como en un anuncio en 3D. Suelto el paraguas y dejo que la lluvia me moje la cara. Las gotas caen sobre mis ojos, un golpe, luego otro, caen tan seguidos que empiezo a no distinguirlos. Ahora se hunden en mí aniquilando el calor de mis brazos, de mi pecho. “¿Por qué no quieres ir?” recuerdo a Mayka vocalizando, solo los labios rojos moviéndose, sin sonidos. La humedad atraviesa mis costillas y llega al corazón.

Tirito mientras me pongo una tirita en el dedo. Qué gracioso. He tenido que buscarla en tres sitios distintos y estaba en el botiquín del baño. La risa me alivia.
Cuando acabo de quitarme la ropa mojada suena la puerta otra vez. Salgo del baño y veo a Mayka sentada en la cama. La oigo llorar, y observo las gotas que caen de su pelo hasta la colcha, formando un mosaico grisáceo entre los bordados rojizos. Abrazada a un almohadón mojado, mira una foto. La veo desde aquí, es la foto de un bebé.
“No voy a probar más tratamientos,  ni aquí ni en Pekín”, le digo, “no podemos tenerlos, tienes que asumirlo”. Ella no me mira, ni siquiera me responde.
La lluvia golpea la persiana mientras recojo mis cosas. Mayka sigue sentada, sin moverse. Miro por la ventana cuando atravieso el salón, y veo el paraguas tirado sobre las baldosas rojizas. Salgo y lo recojo, antes de ponerme mi abrigo. Ahora es mi percha la que parece un cóndor. Miro su sombra por última vez, antes de salir.

©Rhut López Zazo

viernes, 9 de diciembre de 2011

Las cartas en Nueva York

Últimamente solo escribo cartas, porque las cartas reflejan lo que quiero contarle a una persona en concreto, y solo a ella. Son cartas privadas que se separan de estos post, de estas entradas en mi blog, como si aquellas  las escribiera para al cuello de mi camisón y estas fueran mensajes dirigidos hacia el espacio interestelar. Cartas que cuentan lo que no quiero que nadie más sepa, solo esa persona, que sé que me comprende porque me responde, frente a estas palabras que  lanzo a través de las redes con la esperanza de que alguien las reciba, pero sin la seguridad de que alguien las lea.

Esas cartas que tanto me fascinan también son objeto de reflexión para otras personas, así como los procesos de lectura, de escritura. Enviar las misivas, recibirlas, guardarlas y pensar al depositarlas en un buzón en el efecto que tendrán en el destinatario. Bueno, ahora el darle al botón de "enviar" sustituye esos románticos paseos por la calle en busca de los cada vez más escasos buzones. Todo un cliché, abrigarse contra el frío para salir a encontrarse con alguien que no te está esperando allí, pero que se encontrará contigo de forma diferida. No coincidirás en el espacio, ni en el tiempo, pero esa conversación tendrá lugar por etapas, irremediablemente.

La cuestión es que en el Metropolitan de Nueva York también se plantean esto, y es curioso ver cómo han organizado toda esa correspondencia que el tiempo ha depositado en sus salas, y todo aquello que puede relacionarse con el arte de escribirlas. Es más, se preguntan acerca del futuro, sobre el kind of secrecy que existe sobre el arte de escribir cartas. Mientras, yo me pregunto si es bueno que pensemos que nuestras cartas van a ser observadas más tarde por alguien, porque no lo sabemos, pero eso puede condicionar nuestra forma de escribirlas, despojándolas de esa naturalidad que la intimidad entre dos amigos, entre dos amantes, entre dos conocidos, debería de tener.
Aquí os dejo con su visión de las cartas en un interesante vídeo.








martes, 1 de noviembre de 2011

Imágenes de París. Paris en Images

Rue de Seguier, número 3. Esa es una de las calles que fui a visitar la última tarde que estuve en París. Cerca del Sena y de las librerías de libro antiguo que lo acompañan a lo largo de su recorrido, me entretuve un rato haciendo fotos de una puerta, de un letrero, de un edificio, que ahora alberga un negocio que ya no tiene que ver conmigo. Y es que me he dado cuenta de que no os he contado nada de mi viaje a París.

Pero cómo hablar de París sin recurrir a los clichés: es bastante difícil. Podría contaros mi interminable excursión por el Louvre, correteando entre momias y paisajes, parándome a descansar agotada en cualquier banco, oteando de lejos La Gioconda, tan rodeada de gente con sus cámaras que era imposible verla de frente.

O hablaros de cómo me lancé hacia el Museo D'Orsay, que ya conocía, para revisitar los cuadros de Puvis de Chavannes, de los simbolistas, de Fantin Latour; para admirar el precioso mobiliario modernista que tienen en la planta de arriba. Me miraba en los espejos de lunas y pensaba que podría meterme en una de esas camas y ser una más de un cuadro prerrafaelita.

O de cómo pude por fin entrar a la exposición temporal Belleza, moral y voluptuosidad en la Inglaterra de Oscar Wilde, con ese cuadro de Rosetti que muestra el comienzo del declive de la belleza de un cuerpo, de una Jane Morris que Rosetti pinta de nuevo para hacerle ver a su amor que la belleza también existe cuando llega el otoño.
O podría hablaros de mis visitas a los jardines de París. Pero creo que eso os lo contaré otro día. Porque hoy quiero hablar de París sin utilizar palabras gastadas por su uso en cientos de webs. Por eso hoy os enseño una web de fotos antiguas de París, de ese París que nadie ha podido nunca olvidar porque está hecho de imágenes.

Con Paris en Images, llena de fotografías antiguas, podemos viajar a través del tiempo y del espacio, sin palabras, intentando buscar a la gente que habita esas fotos, que ha quedado atrapada en una imagen, que pierden así una intimidad que nunca podrán recuperar. Ese es el precio a pagar en esta sociedad de la imagen, que huye de las palabras manteniéndonos sentados frente a un ordenador.
Porque nosotros somos conscientes de que nos observarán en un futuro, pero ellos, no.

lunes, 18 de julio de 2011

Entre los libros más caros y los libros pirata



Suelo ojear la lista de los libros más caros vendidos cada mes, es una iniciativa curiosa que publican en la web AbeBooks/Iberlibro. Y esta vez es un ejemplar de ciencia ficción el ganador: alguien ha comprado el clásico de Frank Herbert, Dune, por más de 5.000 euros. Es una primera edición firmada por el autor.


Dune - Frank HerbertY me entero de que la única antología de la poesía de Verlaine publicada durante la vida del autor fue vendida por 4.500 €.

Todo esto me hace recordar que en Lima la piratería de libros en papel es salvaje. Allí me contaron que existen mercados donde venden estas ediciones pirata, bastante conseguidas parece ser. Y ahora que estoy en Bolivia me comentan que incluso los importan para venderlos también aquí. Suena diferente a la piratería a la que estamos acostumbrados en España, la de lo digital.
Allí los editores deberían poner remedio ahora que todavía están a tiempo. Porque al final los escritores verán que no habrá editoriales para publicar, y los lectores no tendrán nuevos libros que leer.

Volviendo al papel, la verdad es que en los pocos ratos libres que me quedaron durante la pasada semana he entrado en varias librerías limeñas. Suelo hacerlo cuando estoy de viaje, y esta vez he comprado varios aprovechando que el idioma es el mío. Y me llevé Pudor de Roncagliolo, escritor limeño, y me está gustando mucho. Lo más curioso es que durante el proceso de búsqueda por las estanterías de algo que comprar reafirmé mi idea de que la globalización nos persigue allá donde vamos. Mismos libros, casi todos españoles, mismos precios. Comparar lo que cuestan con el nivel de vida allí, daba que pensar.




Y ahora que estoy lejos de España,  encuentro la web peruana La casa del libro viejo.  Parece ser una de las pocas librerias anticuarias en el Perú especializada en libros antiguos y usados, en fotografías, mapas, grabados, y todo lo relacionado con el coleccionismo en papel antiguo. Merece la pena una visita virtual, además dan cursos periódicos de tasación y valoración del libro antiguo, usado y descatalogado. El próximo será en agosto.

Por esas fechas una de dos, o estaré buscando la especia de Dune por el desierto de Arrakis, o habré vuelto a mi casa sin conseguirla. Seguro que, en cualquier caso, seguiré escribiendo este blog.




viernes, 15 de julio de 2011

Adiós, Lima, adiós

Hoy me he despedido de esta ciudad, al menos por quince días. El sol ha salido, cómo no, en el último instante. Me acuerdo de todos los que estáis en España, sobre todo de los que están en la playa. Pero he visto el sol, sí, y el mar ya no es tan gris.

He aprovechado para acercarme a la playa de nuevo, a pasear por un centro comercial llamado Larcomar. Llama la atención porque está construido dentro de los acantilados. Así, al acercarse a nivel de calle, se ven las tiendas desde arriba, con el mar de fondo. Se sabe que está ahí por las chimeneas de cristal plomizo que resisten los embites del aire, altas como tubos de un órgano. Solo que el viento esta vez  no recorre su interior.

Por eso, las terrazas de los cafés se descuelgan sobre el mar a gran altura, y hoy el agua era tan azul turquesa que era un espectáculo para contemplar.

La verdad es que estos días he paseado mucho por Miraflores, he visitado el centro, con el parque Kennedy y la Municipalidad. Pero lo que más me ha gustado es la costa, y ese mar.

Abajo, los surfistas parecían hormiguitas negras sobre la espuma blanca, y se me ha quitado esa idea de un mar gris. Porque lo he visto siempre gris, como el cielo, siempre cubierto por esa llovizna que llaman garúa. La gente no usa paraguas, llevan como mucho una capucha o se mojan brevemente con esa lluvia curiosa que no cala, ni empapa la ropa. Y era como si la humedad del aire se hubiera hecho una conmigo, y me convirtiera en alguien tan gris como ella, me mimetizara con la ciudad, y me hiciera ser tan gris como las aceras, todas de cemento.

Y solo recordara que el sol existe cuando miraba las casas pintadas de amarillo sucio. Porque el Miraflores antiguo se tizna con la polución del aire, y las casas nuevas resplandecen con materiales nuevos, edificios altos que van sustituyendo a esas casas bajas y coquetas que tantos escritores han descrito.


Me acordaré siempre de esta ciudad, por sus gentes, tan amables, y también de ese campo de golf enorme que desvía toda una calle rodeando su perímetro. En pleno centro.
Os dejo unos vídeos sobre Lima, una ciudad para recordar.

martes, 12 de julio de 2011

Volar, conducir y surfear



Hace poco salí a pasear de nuevo. En Lima. Y en  un barrio cercano encontré un jardín que no esperaba. Rodeado de edificios, una acera los separa de los árboles.
Este es uno de esos jardines que no invita a pasar dentro porque no hay senderos que lo crucen, da cierta aprensión pisar el césped porque está húmedo. O cierta libertad porque te adentras en la naturaleza sin ordenar. Y pensé que estaba regado, pero quizá la humedad del mar es la culpable de que la tierra nunca seque del todo. Me gustó pasear por allí.

La cuestión es que estaba lleno de vidas recién nacidas, que paseando en cochecito recorrían la acera en una carrera improvisada. Perro en ristre y con juguetes nuevos, se preparaban para vivir su futuro en esta ciudad como conductores futuros que nunca cederán el paso a los caminantes. Cruzar la calle en Lima es jugarte la vida (casi). Pero las terrazas de las casas del jardín estaban vacías de padres, quizá por el invierno que no invita a salir, y esas terrazas bajas conviven a su vez con plantas bajas dedicadas a los automóviles, a los futuros autos de los infantes que les esperan hasta que crezcan para poder manejar. Todo es una rueda en el Parque la Redonda.

Además me impresionan los árboles de aquí, me gustan porque tienen flores rojas que van cayendo hacia la acera como manos pequeñas. Y he visto buganvillas, geráneos y cactus que adornan las calles luchando con la polución para vivir. Porque Lima está muy contaminada y la llovizna del invierno, lo que llaman garúa, baja la ceniza del cielo hasta tiznarme la piel.

Cambié de rumbo y al final de una avenida llegué a un acantilado, junto a un parque, y bajé a la playa disfrutando del sol que salió por la mañana.

Desde allí se veían pájaros mezclados con parapentistas, que aprovechaban el viento para saltar desde ese parque que recordaba a Gaudí, y así poder mirar las costas de Lima con una nueva perspectiva. Cómo me gustaría volar, y se puede desde el Parque Raimondi. Si llevas dinero suficiente y ganas de saltar por un acantilado, este es el sitio perfecto para no tener problemas. Saltos seguros.

Y luego me fijé en la arena, y quise buscarla y no estaba. Solo encontré piedras custodiando las tablas de surf. Y el Pacífico.

Los surfistas cogen las olas, y tardan en soltarlas, es bastante erótica esa relación que tienen con el agua. Siempre me pregunto qué se sentirá en ese trato tan cercano con el mar.
Por ahora solo sé que en los yacimientos arqueológicos de la costa se han descubiertos frisos de hace más de 2.000 años, en los que aparecen personas cabalgando sobre las olas. El mar siempre tan cerca, y yo tan lejos.

Me cuentan que las playas que rodean la ciudad están llenas de gente en verano, pero ahora es invierno, y solo los coches con tablas y trajes de neopreno se apiñan al lado del acantilado.

Seguiré paseando. Ya os contaré.



lunes, 11 de julio de 2011

Pasear por Miraflores

Lima es una ciudad de contrastes. Con más de 9 millones de habitantes, pasar de un barrio a otro requiere de tiempo. Y no se puede ir andando.

Y pasear es una de mis ocupaciones favoritas, porque se siente la vida de verdad. Si os dais cuenta, el coche falsea lo que se observa porque le imprime un ritmo acelerado a esa visión, un ritmo que acaba influyendo en lo que hacemos, en lo que pensamos, en lo que sentimos.

Así que en Lima, donde estoy de paso, voy andando siempre que puedo por Miraflores, ese barrio que me recuerda a Vargas Llosa, a Bryce Echenique, a tantas lecturas de antes que ya prácticamente no recuerdo. Aunque prosigan subterráneas ayudándome a pensar, y a escribir.

La cuestión es que viajando y paseando me han entrado ganas de releer esos textos que están perdidos en mi memoria, y estos paseos harán que tengan una dimensión nueva: el escenario en el que esos personajes se mueven se hará real, igual que si fuera París, o Roma, o Madrid.

Y se puede seguir "La ruta Vargas Llosa" por Miraflores, una iniciativa estupenda. Os dejo un vídeo para cuando vengáis por aquí.

sábado, 4 de junio de 2011

Cosas que caben en la palma de mi mano


Un día miré mi mano y encontré una nuez. Me quedé tan sorprendida...que en la nuez miré otra vez. Y me encontré a mí misma en versión reducida.
Me vi saliendo del cascarón muy decidida, y me perdí por el filo de la mesa. Supongo que fui en busca de aventuras.

Pero he aquí que miré de nuevo mi mano y encontré un alfiler dorado. Nunca lo hubiera pensado. Para pinchar el vuelo del pañuelo en mi cuello arrugado. Pero pinché una vena sin querer, y la sangre manchó mi mano.

Cosas de limpieza, mira a ver.

La observé de nuevo con fijeza y encontré una lima vieja. Me dio pereza tener que ponerme a lijar, pero por algo estaría allí ¿no? Una voz me contestó “Para limar los barrotes que me encierran”. Y miré de nuevo y encontré una trampa de ratones, y el ratón llevaba pantalones. Me pasó un listado con sus condiciones, no fuera a ser que la liberación, encima, me saliera gratis. Y volteé la mano para dejarle caer (aquí no valen los chantajes).

domingo, 29 de mayo de 2011

Mi primer libro firmado

Ya os comenté en otro post que estuve el sábado en la Feria del Libro de Madrid. No soy una cazadora de firmas, es más, nunca he entendido muy bien esa costumbre, pero la Feria estaba llena de gente haciendo cola para conseguir un autógrafo de  Punset, o para ver a Carmen Lomana. Resulta curioso verlos en persona, intentar averiguar si son más altos, más gordos o más delgados de como aparecen en la tele.

En fin, la cuestión es que, paseando mientras buscaba libros interesantes que comprar, vi a Luis García Montero en un stand, y me dije a mí misma que ese podía ser un buen momento para conseguir una firma.

Y aquí está: mi primer libro firmado.