Porque todos los días, durante veinte años, fuiste a visitar esos ojos blancos que sin verte te
Imagina que un buen día vuelves a la ciudad. Han pasado veinte años, la vida no te ha tratado tan bien como tú te mereces, y al pasar por la piazza del palacio tras el que se oculta el jardín vuelves a sentir con fuerza que allí, hace años, viste unos ojos que te hacían descansar, que su tacto cuando tocabas su mano, tan pálida, te hacía sentir muchas cosas.
Y decides acercarte a ese lejano recuerdo, pasas por la puerta principal del palacio y atraviesas el patio evitando pisar las líneas que separan cada una de las baldosas, esperando impaciente subir de dos en dos los peldaños que te llevarán, tras escalar por un breve túnel, a tu rutina verde-clara y marmórea. A la visión encantada de esos ojos blancos que recuerdas con cierto anhelo. Y ya estás frente al arco de entrada, cegado por el desasosiego, y vas a estirar tu pierna derecha para pisar el primer escalón cuando, tras un golpe seco, encuentras algo que no recordabas: una puerta. Y está cerrada.
Y llamas y llamas con los nudillos de tu mano derecha, mientras te frotas la rodilla con la mano izquierda, hasta que caes en la cuenta de que el cartel pegado a escasos dos milímetros del vano te informa de que han terminado los trabajos de remodelación del jardín. Y de que el día siguiente a tu marcha de la ciudad, hace ya veinte años, curiosamente el jardín se cerró al público. Y que solo es posible visitarlo si compras la entrada del museo-palacio, tan flamante y tan antiguo que todavía siguen arreglando sus estancias. Siguen ordenando y ordenando lo ya creado y recreado por sus autores cuatrocientos años atrás, en un proceso que intuyes inacabable. Adiós a esos picnics, a esos paseos familiares por los carriles centrales, bajo la fuente de Neptuno, que tan bien recordabas porque los daban otros a los que mirabas desde lejos, padres con los perros del collar y los hijos de la mano. Te preguntas si la frondosidad que ocultaba de las miradas a esos ojos marmóreos, en la última esquina del jardín bajo la tapia del este, seguirá esperándote allí.
Y obviamente, señala el cartel, cada vez que quieras ver esos ojos, será pagando.
"La han convertido en una prostituta" pensarás, imagínalo. Vendida al mejor postor, sin posibilidad de elección. ¿Tocarán su mano, que tan suave bajaba hacia su pubis? ¿Serán sus ojos contaminados por el tacto de algún obseso que vaya a visitarla cada día? "Sin que puedas tú huir de él, amor mío. Y yo, tantos años lejos, sin saber que tenía que protegerte".
Te sentirás culpable.
Porque los turistas, piénsalo, se meten en una competición que es una rueda, en pugna por entrar, por subir, por mirar. Por tocar. Por llegar el primero hasta el último rincón. Seguro que a tu rincón, al que los niños no llegaban, sí que se acercarán ellos con sus ojos sucios.
Y en el cartel estará la clave.
Por la noche, imagina, te acercas a la tapia del este con un gancho y unas cuerdas. Las tirarás a lo alto y comenzarás tu escalada. "El amor está esperándome", piensas, mientras las cuerdas golpean el enfoscado que cae a trocitos. Y tus pies, sin dar un ruido, se posan en la arena del otro lado. Buscas ansioso con la mirada, la luna te deja ver con claridad. Andas unos pasos, estás en el punto justo donde la viste por última vez, hará ya veinte años. Pero allí no están esos ojos blancos, no los encuentras, no está oculta entre la hiedra, esperando para formar parte de la pared de ese laberinto que es tu vida, no está bajo los árboles, y crees ver los retazos de su manto claro desapareciendo a lo lejos. Y te desgarras la voz en pos de una simple luz, que es solo la luz de la luna. Estás hundido y te apoyas en la pared, junto a un cartel que anuncia que tu amor se ha ido y no volverá, que estará en Roma para siempre, en una vitrina, expuesta al aire y a las risas. Pero piensa, al menos, que estará lejos de esas manos sucias.
Pero tú los necesitas, ahora, esos ojos y esa suavidad, ese bálsamo que te calma. Necesitas tocarlos de nuevo, esas esferas blancas hechas gris por el paso del tiempo, esa mano y ese pubis encaracolado. Ella tiene unos ojos, tú lo sabes, parecidos a los de la mujer que se acerca dándote el alto, esa mujer que saca un radiotransmisor y habla con sus compañeros, mientras trata de sacar la pistola de su funda.
Y ya tienes en una mano el cincel, y en la otra el martillo, y pensarás mientras la tiras al suelo que unos ojos, siempre serán unos ojos.*



